domingo, 13 de diciembre de 2015

¿Cómo esperas a que te desahucien?


Foto por Jorge Delgado
¿Cómo esperas a que te desahucien? Esta es la pregunta que me viene a la cabeza cuando veo por la tele un desahucio. Normalmente veo las imágenes que vemos todos en las noticias. Gente gritando, protestando, luchando por su dignidad o la dignidad de otros. 


Todo el mundo sabe que hay muchos desahucios en España cada año. Algunos son noticia, pero la gran mayoría no lo son. Y cuando digo la gran mayoría digo muchos, digo miles. Solo en el primer trimestre del 2013 se ejecutaron 19.468desahucios.

Todo empezó un día cualquiera, hablando con un amigo cercano a movimientos sociales como la PAH, entre otros. Me dijo que sería interesante que fuese a hacer unas fotos de un desahucio, para que viera cómo son. Yo le dije que vale, que cuando se enterara del siguiente me avisara e iría. 
Al cabo de unos días me llamó y me dijo que en ese momento se estaba ejecutando un desahucio y me ofreció ir, así que, sin pensarlo, cogí mi cámara y salí disparado.

Fue en el coche cuando empecé a reflexionar sobre cómo plantearía el reportaje. No quería más fotos de gente gritando y haciendo ruido (aunque me parezcan imprescindibles). 
Quería centrarme en las personas a las que iban a sacar de su casa y a dejarlas así: con lo puesto y en la calle. ¿Cómo esperas a que te desahucien? En ese momento lo tuve claro: no me lo podía imaginar, por mucho que quisiera.

Foto por Jorge Delgado


Una vez allí, después de que me presentaran a Evelina y su familia, me senté alrededor de la mesa y me puse a observar, cámara en mano. Todo la situación era muy espeluznante. Les habían dicho que tenían un desahucio abierto, que quiere decir que en cualquier momento, a cualquier hora de esos días, podía venir la policía y echarlos de su casa.


Foto por Jorge Delgado


Entonces me di cuenta de cómo se respondía a la pregunta. Uno espera a que le desahucien en silencio, mirando la tele pero sin verla, consolando a tu hija como puedes y secando alguna lágrima perdida de resignación, asomándote por la puerta de la calle a ver si viene la policía para que no te pillen desprevenido y ser capaz de guardar un poco la compostura. Y muy atento al móvil. Atento por si alguien te llama para decirte que todo este despropósito ha sido parado, que alguien ha tenido compasión y te dan más tiempo.


Foto por Jorge Delgado


Ese día no vinieron. Un día más en casa...


Foto por Jorge Delgado

Foto por Jorge Delgado


Pero al día siguiente, con las primeras luces, llegó el momento. Llega la policía, la secretaria judicial, los servicios sociales y un cerrajero. No hay gritos, sólo indignación muda, sólo la dignidad y otra de esas lágrimas de resignación de Evelina. Y los abrazos de su familia y de sus amigos, intentando consolarlos.
Todo es silencio, salvo por el cerrajero dando golpes en la puerta para cambiar la cerradura. Era fácil ver el tormento en el rostro de Evelina y de su padre mientras veían cómo su hija iba mirando como les cerraban la que había sido su casa por catorce años.

Foto por Jorge Delgado

Foto por Jorge Delgado

Foto por Jorge Delgado


Y así como vinieron se fueron. Y Evelina y su familia de pie en la calle, sin saber qué decir o qué hacer. La hija pequeña sosteniendo en sus aún demasiado jóvenes manos los juguetes y las toallas de sus hermanos pequeños.


Foto por Jorge Delgado

Y yo sin saber tampoco qué decir ni qué hacer.
Porque cuando eres testigo de una cosa así no tienes nada que decir, casi no lo puedes creer. Sólo espero que este tipo de cosas algún día dejen de pasar. Simplemente no puede ser.


Foto por Jorge Delgado

Foto por Jorge Delgado

Alejandro, el hombre de la PAH que les ha estado ayudando, nos dice que deberíamos ir a ver a la asistenta social que les llevaba el caso, Me cuentan que es inútil, que si no ha hecho nada antes ahora tampoco. Pero por lo menos así sabría lo que acababa de pasar.

Y después de un buen rato esperando, y otro rato (aunque mucho más corto) hablando con la asistenta, Evelina sale como ya suponía: nada, no hay solución. Sólo queda la solidaridad de algunos vecinos y de la gente de la PAH.



Esto es lo que ha pasado hoy en una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera, a una familia cualquiera.

E insisto: esto pasa demasiado y, simplemente, no está bien.





Jorge Delgado-Ureña

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