domingo, 5 de junio de 2016

Guía para enamorarte de Nepal

Por aquello de las casualidades de la vida, la alineación de algún que otro planeta, y una amiga en el momento y lugar adecuados, he tenido la suerte de viajar a Nepal y estar ahí durante tres semanas. Como fotógrafo y aspirante a aventurero, hacer un viaje de este tipo siempre da calidad a la película. Y digo de este tipo, porque a veces, cuando quieres cambiar el rumbo, (en mi caso profesional) es relativamente sencillo escoger cualquier destino raro o exótico, bajarte del avión y empezar a disparar a ver qué consigues. Al cabo de unos días, o semanas, te vuelves a casa y ya tienes el aprobado en "Aventuras 101".
Sin embargo si dejas de lado ser un "listillo" (y yo lo soy) por un tiempo y te centras en conocer a las personas que te vas encontrando, a escuchar sus historias y a vivirlas con ellos, empiezas imaginarte eso de "Retener el aliento, alinear la mente, la mirada y el corazón" que decía Cartier-Bresson.

Y es, en ese momento decisivo, cuando te enamoras del lugar.

Mi aventura en Nepal ha sido como cuando conoces a una chica guapa, al principio te entra por la vista y piensas ¡wow vaya vistas! Y luego poco a poco vas descubriendo sus colores, su luz, las texturas...
Entonces empiezas a disfrutar cada momento y vas entendiendo poco a poco, como se hace todo en Nepal, las pequeñas idiosincrasias que hacen especial a un lugar.
Por ejemplo, ir de una ciudad a otra puede ser toda una odisea. De Katmandú a Hetauda hay alrededor de 75 km y se puede tardar desde cuatro a seis horas. 
No nos engañemos, cuando ya llevas un buen rato de baches infinitos, lo gracioso de ir diez personas en un coche ya ha dejado de serlo y paras a comer algo, aprovechas para preguntarle a uno de tus compañeros de viaje cuánto cree que queda de camino. ¿La respuesta? muy fácil: “dos horas..." sonríe un par de segundos y sigue con un amable “tal vez”. Rápidamente te ríes y piensas, esto es Nepal. Y como todos sabemos, cuando una chica te hace reír en situaciones incómodas, tal vez no sólo sea una chica guapa.


Niños Jugando con los botes en el lago de Pokhra. Nikon D800 35mm 1.4

Pero empecemos por el principio.
Como todas las buenas historias de aventuras, la mía no podía empezar de otra manera. Retraso infernal del avión, muchas menos horas de sueño de lo recomendable para estar lúcido y una habitación de hotel con más cucarachas de las que me hacen sentir cómodo.
Aún así la primera sensación al bajar del avión fue tremenda. La luz prometía atardeceres de película y toda la confusión y dinamismo del lugar me llenó de energía. No veía el momento de sacar mi nueva Nikon y empezar a quemar tarjetas de memoria.
Mi amiga Christelle, que ya llevaba en Nepal unas tres semanas, me había organizado con un guía local la recogida en el aeropuerto, así que cuando por fin pude rescatar mi mochila salí en busca de Rahul, no sin dificultades. A la salida de la recogida de equipajes me encontré con cientos de taxistas y guías esperando conseguir un cliente. Yo esperaba a Rahul, pero.. ¿Cual de estas personas era Rahul?  En fin, caminé de arriba a abajo un par de veces a ver si veía un cartel con mi nombre, pero nada, entonces pensé; ¡igual uno de estos conoce a Rahul! Rápidamente le pregunté a uno de los que se me acercó: ¿Conoces a Rahul? y su increíble respuesta fue: Sí, ven conmigo. A mi me pareció que el tipo era un embaucador, pero claro, acababa de aterrizar y aún no sabía que los nepalíes son así. Total que este hombre empieza a preguntar por ahí y de repente escucho, ¿George? Ahí estaba Rahul. Todo solucionado, empezó a hablar con algunos de sus compañeros y doblando la esquina de la terminal aparece el taxi que me iba a llevar al hotel. Sí, el de las compañeras poco deseadas.
Cuando llegamos, nos organizamos para quedar al día siguiente para comprar la tarjeta SIM del teléfono, cambiar algo de dinero y que me llevara a uno de los famosos jeeps en el que me iría hasta Hetauda, que es donde me encontraría con mi amiga y empezaría mi reportaje.
Seguidamente mis acompañantes de habitación y yo nos fuimos a dormir para estar lo más descansado posible para el viaje del día siguiente. Sí, del que os he hablado antes, el de las cuatro horas o tal vez seis.
Al día siguiente después de hacer gestiones varias y algunas fotos de los alrededores del hotel me subí en el coche y algunas horas indeterminadas después ya estaba en mi destino final.


Recogida en los arrozales, Bastipur. Nikon D800 35mm, 1.4

Si tenéis la oportunidad de hacer un viaje a un sitio como Nepal, que pese a ser un país pobre es bastante turístico, no puedo recomendar más el salirse de lo establecido e intentar ver un poco del auténtico país. Para mí esa autenticidad fue sin duda alguna Bastipur. 
Bastipur es un pequeño poblado cercano a una ciudad llamada Hetauda, situada al sureste del país y relativamente cerca de la frontera con India. Es básicamente una zona rural donde viven alrededor de 4000 personas, donde la gran mayoría de gente se dedica a la agricultura y no ha salido nunca de la zona.
Yo empecé ahí porque mi amiga Christelle había estado haciendo un voluntariado para una ONG, Nepal Sonríe, que trabaja entre otras cosas en una escuela para niños muy pequeños de familias realmente pobres, así que me pareció una manera interesante de empezar mi reportaje sobre Nepal.
El caso es que descubrirte andando por esos caminos con tu cámara, sin ningún otro occidental cerca, y recibiendo esas miradas de curiosidad y de amabilidad fue toda una experiencia.
Cualquiera que haya viajado un poco y le interese la fotografía sabe que es complicado acercarse a extraños y plantarles una cámara en la cara: es fácil generar rechazo o incluso que te pidan dinero por ello. Pero Bastipur, al no haber turistas, la cosa cambiaba mucho: la gente venía a interesarse por lo que estabas haciendo ahí, o te pedían ellos mismos que les hicieras una foto para poder verse en la pantalla. Los niños de la escuela en segundos te hacían suyo y te abrazaban y te llamaban brother y a mi se me rompía un poco el corazón cada vez que pensaba en irme.
Y me di cuenta de que ya no había vuelta atrás, estaba a 1/125 de segundo de tener un flechazo con Nepal.
Dos días después, habiendo hecho algunas de las mejores fotos que he hecho en mi vida y habiendo tenido unas grandes experiencias personales, mi amiga terminó su voluntariado y decidimos recorrer el país en busca de historias fantásticas. Así que nos fuimos a Hetauda para después coger el autobús hacia Pokhra. 


Puesta de sol en Pokhra. Nikon D800, 35mm 1.4

Pokhra, está al oeste del país y es punto de partida para los excursionistas y turistas que hacen trekking por la zona del Annapurna. Conocida por su enorme lago, es la tercera ciudad más grande de Nepal y paso obligado de las antiguas rutas de comercio con India por lo que la mezcla cultural y religiosa es muy interesante. Además hay una especie de comunidad hippie que se nota que está hace tiempo y al parecer bastante integrada a la cultura del lugar.
En principio, desde esta ciudad ya se ven los Himalayas desde varios puntos, aunque Nepal, en general, es un país con una niebla constante y por desgracia en mi caso no pude verlo desde ahí. Sin embargo cuando vas caminando por el paseo del lago y se mezcla esa niebla con la puesta de sol y la música de las terrazas, es como cuando le rozas la mano sin querer a esa chica y sientes mariposas en el estómago. No te lo esperas, porque quieres ver cielos azules y los Himalayas, pero en vez de eso, cuando el sol ya se ha puesto, aparecen las luciérnagas, miles de ellas tintineando y volando por el camino. De repente todo se vuelve más emocionante, descubres algo nuevo, algo que no sale en las postales y que pasa inadvertido para la mayoría y entonces piensas, “este momento me lo quedo solo para mi”. 

Sí, ya estaba colgado por Pokhra.

Puedo decir que una de las grandes cosas que tiene el país es sin duda su gente. En tres semanas no he visto malas caras o enfados. Algo que me llamó mucho la atención fue que, entre ellos, incluso entre desconocidos, es costumbre llamarse hermanos y hermanas y ese tipo de respeto y amabilidad se siente en todo momento. Hay un montón de lugares que se dedican a ayudar en cuestiones laborales a personas desfavorecidas. Desde una tienda que emplea a ciegos y sordomudos para tejer pashminas hasta un centro/librería que enseñaba a chicas con pocos recursos a confeccionar kurtas, que son los vestidos originales del lugar.
Habiendo tonteado un poco más de la cuenta con Pokhra, mi amiga y yo decidimos ir a hacer un trekking de cinco días en el circuito del Annapurna. 
Sujan, el chico que nos gestionó el tema de los pasaportes para acceder al parque natural, nos dijo que la ruta era relativamente sencilla, la ascensión llegaba hasta los 3400 m y tendríamos unas buenas vistas de los Himalayas y, aunque todo el mundo lleva guía o porteadores, a nosotros no nos costaría. 
¿No nos costaría? ¿Todo el mundo va con guías? (En este momento imaginad mi cara de escéptico). En fin, yo como buen listillo me pareció fácil y estaba un 85% emocionado y 15% asustado. En realidad cuando pensé en la mochila que tendría que llevar y el peso, se convirtió en un 85% asustado y un 15% emocionado. Vaya, una mezcla un poco rara de emociones.

Una vez en Nayapul, punto de inicio del trekking, y aún un poco despistados, empezamos nuestra ruta.
La idea era hacer el circuito que empieza en este poblado, ir dirección a Ghorepani y hacer noche en una serie de pueblos hasta llegar a Ghandruk, último de la ruta y al parecer el más bonito (según nos había dicho una chica de Suiza). Sin pensarlo dos veces empezamos a andar por el camino, las indicaciones eran sencillas: en el primer cruce, donde te sellan los permisos, vas a la derecha y todo recto. Sin problemas, unas vistas fantásticas, el terreno no era demasiado difícil y caminamos y caminamos. A eso de dos horas de trayecto decidimos hacer una parada para beber agua y descansar un rato, justo cuando aparece un señor muy amable y nos pregunta “Where are you going?” ”To Ghorepani!” Le decimos, a lo que responde con toda la pena del mundo “Sory no”, y nosotros insistimos “Yes! Ghorepani!” Haciéndole señas hacia el camino por donde íbamos. El tipo baja la cabeza y repite “Sory no, Ghandruk”.
Sacamos el mapa, le echamos un ojo y efectivamente: Ghorepani no, Ghandruk si. Estábamos haciendo el camino al revés.



La cuestión es que si eres una de esas personas que aspiran a ser originales, no te molesta demasiado hacer las cosas al revés, porque nunca se sabe qué cosas interesantes te vas a encontrar cuando te sales del camino. 
Dicho y hecho: después de cinco horas más de subida interminable, escaleras infinitas y habiendo entendido por qué era el último tramo del trekking. Insisto en escaleras infinitas. Llegamos a Ghandruk, un precioso poblado de alta montaña perfectamente conservado y lleno de callejuelas de piedra y tejados azules. Lo primero que hicimos fue tomar un café y seguidamente buscar algún hotel donde dejar las mochilas para ir a explorar un poco más. Como había mucho donde elegir buscamos en Google un hotel que estuviese bien y el primero que salió es el primero al que fuimos, pero no había ninguna habitación libre, fue una pena porque la terraza tenía unas vistas bastante buenas del Annapurna y el Machapuchare así que decidimos ir al que había justo al lado y dejar el bueno para la cena.
Después de un poco de exploración y de visitar un templo en ruinas (gracias amigo americano por no decirnos que el templo estaba destruido antes de subir otras 4000 escaleras) nos fuimos a refrescar un poco y directos a por la cena. 

Mientras estábamos en el restaurante nos dimos cuenta de que había bastante alboroto, el dueño iba de arriba a abajo corriendo y en un momento dado pidió a los sherpas y porteadores que estaban en la sala que salieran y nos quedamos solos. Al instante entraron dos señores de evidente importancia y se pusieron al lado nuestro con unas copas de vino. Con toda la curiosidad del mundo y mucha pericia, mi compañera de viaje les pregunta: “Is good the wine?” Y empezamos a hablar de la ruta, de Nepal, de que hacíamos ahí etc. Para de repente descubrir que ni más ni menos eran el embajador de India en Nepal y su agregado de defensa (ahora tenía más sentido todo el séquito de policía y personas que les acompañaban). En realidad fue muy interesante saber la perspectiva de un cargo político sobre el estado social de Nepal, hablando con la gente era fácil escuchar que muchos de los problemas que hay en Nepal son culpa de India y diferentes puntos de vista siempre son buenos para hacerte una idea correcta.
Según contaban los nepalíes, el gobierno indio había puesto un bloqueo, principalmente en el combustible y habían bastantes tensiones y dificultades para conseguir gasolina, cosa que había llevado a manifestaciones bastante serias en la embajada de India. Pero por otra parte el embajador nos explicó que no había ningún bloqueo por parte del gobierno indio, que eran algunos partidos nepalíes que bloqueaban el acceso del combustible y además después lo vendían en el mercado negro generando un desequilibrio de poderes entre castas y partidos políticos en Nepal.

Con un poco más de tiempo y habiendo investigado un poco más sobre el tema puedo decir que nada está claro, incluso han habido apelaciones por parte de Nepal a la ONU pero sin llegar a definir el origen problema.


De izquierda a derecha: Jorge Delgado, Col Man Raj (Agregado de defensa), Ranjit Rae (Embajador de India), Christelle Enquist




Al final de la cena, invitados a llamarles cuando estuviésemos en Katmandú, intercambiamos teléfonos y nos despedimos. Tocaba reflexionar un rato sobre la suerte de escoger el camino incorrecto y descansar. Nepal y yo ya empezábamos a tener una relación especial, después de todo me estaba presentando a gente importante y me estaba poniendo las cosas un poco difíciles, que siempre da emoción a la historia, y las vistas... bueno, seguían siendo ¡wow! 
Otra cosa buena de empezar al revés es que el principio es más difícil, pero luego, el resto del camino se te hace fácil, con el añadido de que pese a que la gente opinaba que Ghandruk es el pueblo más bonito, a mi me pareció que cada uno de los siguientes era mejor, más auténtico. Recorrimos los pueblos cada vez más azules, más llenos de gente interesante y con más clubes de arqueros.
Caminamos, subimos y bajamos y nos invitaron a una bebida llamada Roxy, de misteriosa procedencia y alto "octanaje", desayunamos pancakes de banana con miel y comimos los mejores Dal Bhat que pude probar en Nepal. Es sabido que a un hombre se le conquista por el estómago y madre mía esos Dal Bhat. Parece que el tonteo con Pokhra se extendió a los Himalayas y la cosa ya se estaba poniendo picante, ya no solo era una chica guapa, además Nepal tiene aventuras con políticos, buena comida y ese punto de dificultad que motiva.
Pero después de cinco días de grandes experiencias y alguna foto de la que estoy orgulloso, tocaba despedirse de las montañas más altas del mundo y volver a la ciudad. 
Una experiencia tan intensa tanto física como mental como es hacer un trekking relativamente largo a bastante altura, ciertamente te deja bastante cansado y para seguir con la aventura había que recuperar fuerzas, pero tampoco dejar de hacer cosas, después de todo estás de aventura.

Pokhra era perfecta para pasar ese par de días antes de continuar, como chica interesante, tiene esa mezcla perfecta entre dulce y sexy que hace que puedas dormir tranquilo pero que te guarda alguna que otra emoción.
Decidimos ir al mismo hotel en el que habíamos estado antes del trekking, los dueños eran cariñosos, las habitaciones grandes y cómodas y la localización era de las mejores. Ya instalados y como en casa, fuimos a caminar por las calles cámara en mano a ver que se nos había escapado la primera vez, además le habíamos echado el ojo a algunos sitios interesantes que ahora doloridos de la caminata de alta montaña apetecían especialmente. El primero era un lugar donde enseñaban a dar masajes a personas ciegas y qué mejor que darte un masaje para relajar los músculos, y si además aportas un pequeño granito de arena ayudando a esta iniciativa pues mejor aún. Debo admitir que el masaje, aunque muy profesional, fue un poco más intenso de lo que esperaba. A esas alturas del viaje yo ya pensaba en un primer beso, pero uno se imagina un primer beso algo más tranquilo, apasionado sí, pero Nepal tiene carácter y puede ser de esas a las que les gusta tomar el mando y ponerte contra la pared, que también tiene su punto, pero eso lo dejamos para más adelante.

Algo más dolorido de lo que quiero admitir, paseamos durante horas buscando momentos decisivos, gente interesante y esas puestas de sol en el lago que te hacen poner cara de soñador. En ese par de días descansamos un poco, compramos cosas varias y llegamos a la conclusión de que teníamos que volver a Bastipur, a ese pequeño poblado en el que te sientes raro y observado y no hay turistas ni hippies. Aún quedaban fotos por hacer en Bastipur y experiencias que vivir.

Esta vez en autobús, pero con la misma indeterminación en cuanto a horas de trayecto, nos dirigimos a Hetauda. La gente estupenda de la ONG, Nepal sonríe, nos había confirmado que no había ningún problema en que nos quedáramos un par de noches más, así que una vez ahí volvimos a la casa de esa familia nepalí donde había estado al principio, dejamos las mochilas y fuimos directos a la escuela a ver a las profesoras y a los niños que nos recibieron con sus mejores sonrisas y como si nunca nos hubiésemos ido. Fuimos a caminar por los arrozales en busca de “la hora azul” y encontré retratos de ojos verdes y pelo rojo y niños jugando con ruedas por los caminos de tierra, como sacados de otra época y mi obturador decía; - ¡vamos! ¡vamos! y de repente, habían pasado dos días y nos fuimos  a cenar al estilo nepalí, en el suelo y sin luz. Conversamos sobre diferencias en costumbres entre orientales y occidentales, nos reímos, comimos con las manos, que es mucho más divertido, y probamos platos extraños. En el momento en el que salí a la calle a fumar mi cigarrillo en total oscuridad, después de todas esas experiencias, me di cuenta de que ya estaba en la cama con Nepal y me descubrí haciendo "piececitos" para asegurarme de que todo esto no era un sueño, que realmente estaba ahí.


Preparando el desayuno, Bastupir



La historia se estaba complicando porque el viaje se terminaría en algún momento y yo me resistía a dar ese primer beso, estaba claro que era una mala decisión porque a esas alturas ya sabía que iba a querer más y no sabía si podría volver pronto.

Con esa dulce pena que decía Shakespeare y habiendo pasado dos días geniales nos despedimos y pusimos rumbo a Katmandú, mi Nikon estaba en plena forma y yo tenía que seguir con mi reportaje, además teníamos una cita con el amigo del embajador y no nos la podíamos perder.

Una vez en Katmandú decidimos buscar un hotel que estuviese más o menos céntrico y eso, sobre todo para turistas y trotamundos es la zona del Thamel. Una vez más Google nos dio la respuesta y fuimos a parar a un pequeño hotel llamado Andes House, justo en el centro, pero con un jardín interior y un personal increíblemente simpático. Se puede decir que el Thamel es como la zona donde más turistas hay pero siempre con esa mezcla que hay en Nepal entre turístico y local que es muy interesante porque que no acabas de estar apartado de la vida real de la ciudad. Además solo hace falta caminar unas calles para salirse de esa zona y entrar en las vibrantes callejuelas donde hay todo tipo de comercios y mercados improvisados en los que no quieres hacer otra cosa que perderte y hacer fotos de toda esa vida.


Niños jugando al rededor de Stupa, Katmandú


Como no podía ser de otra manera recorrimos las calles de arriba a abajo varias veces durante un par de días encontrando rincones donde las familias se reunían a charlar o a vender su artesanía. Visitamos Durbar Square que es la zona en el centro de la ciudad donde está el palacio real y varios templos bastante maltrechos por el terremoto, y más lugares de interés como el Stupa más grande de Asia, donde peregrinaba todo tipo de gente dando vueltas y recitando sus rezos.
Fue ya por la mañana durante el desayuno cuando Santosh alias "Brother" nos trajo café con leche y tostadas con mantequilla y mermelada y, como es costumbre en Nepal, nos encontramos a alguien que se interesó por nosotros y empezamos a charlar. El caso es que la historia que os voy a explicar a continuación es la que definitivamente hizo que todo lo vivido hasta ahora culminase en mí dando el primer beso.

Kong Leong, un humilde cocinero de Malasya nos contó que a finales de los 90 conoció a una chica nepalí y se enamoraron locamente, cuando estos fueron a pedir permiso para casarse a los padres de ella estos no quisieron y se tuvieron que separar, era fácil ver la cara de nostalgia que ponía cuando hablaba de ella, es más, decía que siempre la llevaría en su corazón. Ella le dijo que en Nepal no siempre se consigue lo que se quiere y que hay que vivir con ello, pero aún así le hizo prometer que el trataría de hacer cosas buenas por el pueblo nepalí para que eso alguna vez pudiese cambiar. Desde entonces Kong se dedica a promover escuelas y proyectos de desarrollo en zonas rurales o deprimidas del país. Nos contó que durante el terremoto de 2015 estando él en Katmandú se encontró por la calle a un joven monje budista que acababa de perder a su hermana, intentó ayudarle como pudo y se hicieron amigos. Ahora los dos están en pleno proyecto de desarrollo de infraestructuras agrícolas y en vías de conseguir financiación para construir una escuela en el poblado donde ese monje, Wang Den, había nacido, que es un pueblo muy pobre y muy remoto al norte del país.


Kong Leong. Katmandú. Nikon D800, 50mm 1.4

Wang Den. Katmandu. Nikon D800, 50mm 1.4


Una de las frases que se me quedaron grabadas en la mente fue: muchas veces el dinero no es lo necesario, en medio del terrible terremoto, lo que la gente necesitaba era que alguien estuviese con ellos, les dijese unas palabras amables y les escuchara, eso es ayudar a un ser humano.
Y así, con una historia de amor, descubrí que ya estaba enamorado del Nepal
La chica no solo era guapa, además era fantástica, emocionante, tierna y sexy y seguro que me guardaba alguna sorpresa más.
A esta historia de amor le quedaba poca vida, en pocos días me volvía a Barcelona así que había que aprovechar al máximo.
Al día siguiente aún con las mariposas en el estómago decidimos llamar al embajador de India, que conocimos en los Annapurnas. El tema era complicado porque es fácil que alguien te diga ”si si, no dudéis en llamar”, pero después de todo, el tipo es un embajador ocupado y quien sabe si se acordaría siquiera de nosotros. La cuestión es que respondió y nos organizó una pequeña ruta con un amigo suyo que conocía muy bien la zona de Patan, que fue la primera capital de Nepal y donde se originó la cultura (arte, arquitectura, etc.) nepalí procedente de los Newari, una de las castas que hay en Nepal.
Genial, nos encontraríamos con él en la plaza principal de Patan a las 11:30h y ahí estuvimos. Al rato aparecen dos señores con pinta de estar esperando a alguien y finalmente nos presentamos. Pues el amigo misterioso del embajador era nada más y nada menos que el ministro de cultura de Nepal, que iba acompañado de un intérprete.

De izquierda a derecha: Christelle, Buddhi Raj (Ministro de cultura) Jorge Delgado.


Nos regalaron unas bufandas doradas con grabados, que es el regalo típico que representa la bienvenida y buena suerte y empezamos el camino. La ruta básicamente fue por los palacios y templos de la zona, hablamos de su cultura, de los dioses budistas, del terremoto y mientras caminábamos con las flamantes bufandas doradas y la policía y los encargados de los museos nos saludaban y los demás turistas nos miraban con curiosidad yo me sentí, además de enamorado de Nepal, como un dignatario importante y la verdad es que fue muy emocionante. Ya casi al final del paseo llegamos al templo dorado de Patan, uno de los primeros templos construidos hace aproximadamente seiscientos años. Mientras nuestro amigo nos estaba explicando algunas tradiciones del templo como por ejemplo que desde que se construyó ése templo acogen a niños de la calle y les enseñan los caminos del budismo durante tres meses durante los cuales no pueden salir y se dedican a rezar y a bendecir a los creyentes que van al templo. De pronto algo me llamó la atención. Por el rabillo del ojo vi a un niño acariciando con una gran sonrisa a un hombre que estaba estirado con la cabeza encima de sus piernas y con los ojos cerrados. Nervioso por la foto que prometía la escena, me gire poco a poco para pasar desapercibido y poder encuadrar mejor. Entonces al ver la luz, la composición y el momento pensé “esta es la mía”, era una oportunidad que no podía perder porque eso que estaba apunto de capturar era uno de esos rituales nunca vistos y mucho menos fotografiados. Me puse la cámara en la cara y disparé.
Como dice Steve McCurry fue uno de esos momentos en la vida de un fotógrafo que todo encaja a la perfección. Intente hacer un par de tomas más por si acaso pero el niño ya se había percatado y en la siguiente foto cuando ya fui a mirar la pantalla de la cámara vi como salía mirándome y haciéndome un gesto con la mano de un rotundo no.
No me importó, no hice ninguna más, ya tenía la foto y la chica, y no podía estar más satisfecho.


El niño de 600 años de edad. Templo de oro, Patan, Katmandú


Cuando eres un listillo, (y yo lo soy) y un viaje así llega a su fin y ya tienes tu aprobado en "aventuras 101" te vuelves a casa con tus fotos y tus historias, se las cuentas a tus amigos y familiares, quedas bien y vuelves a tu rutina normal. Pero si eres un listillo también es fácil estar equivocado, y en mi caso no lo pude estar más: no fue un viaje cualquiera a un destino raro o exótico. Fué algo más. Mucho más.
Este país sin duda enamora y, como decía Kong Leong: vuelva o no algún día a Nepal, siempre lo llevaré en mi corazón.


GALERÍA


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Jorge.

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